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jueves, 25 de noviembre de 2021

Cosas que dejamos olvidadas en el monte

No son solo basura. Son restos arqueológicos del siglo XX que cuentan cosas. Objetos sucios y oxidados que contienen una intrahistoria que invita a especular e imaginar. Microhistorias que todavía nadie ha podido contar.

Esas historias sin relevancia susurran el perfil de los protagonistas y sus quehaceres. En los restos de hierro, cristal, latón, piedra o barro todavía resuenan los ecos de las razones que explican que aquel objeto u objetos quedaran varados en el tiempo. 

Algunos se dejaron allí sin motivo alguno. Otros quizás fueron echados de menos y alguien volvió a por ellos, sin encontrarlos. Por eso estas cosas viejas hablan del olvido humano, pero también de otro tiempo donde todo el monte era otra cosa. Un espacio inhabitado e inhóspito donde abandonar, amontonar u olvidar lo que no nos hace falta. En un tiempo donde la basura no dolía tanto.

Hoy en día son objetos que, en su mayoría, incomodan o molestan. Pero algunos, solo algunos, no solo no molestan, sino que cumplen la función de contarnos una historia. Son la huella o el rastro que dejaron los que por allí pasaron.

La carretilla

 

La conocí durante los días posteriores a la borrasca Filomena, en enero de 2021, una nevada histórica que cubrió de nieve buena parte del centro y este de la península. También pintó de blanco Moralzarzal. Y paseando bajo el pinar de Matarrubia, queriendo reconocer los daños de aquella nevada en el arbolado, me encontré esta vieja carretilla, oxidada e inútil. Me senté a reponer fuerzas y me la quedé mirando. 

Estaba en medio de un bancal, quizás tal como la abandonó hace décadas el último operario que la utilizó. Imagino que formaba parte de las herramientas de trabajo de los peones que trabajaban en la repoblación forestal del monte. Sobre esa carretilla se cargaron los jóvenes brinzales de pino laricio (Pinus nigra) que ahora cubren esas mismas terrazas por donde rodaba su única rueda. Allí la dejaron y allí va descomponiéndose desde finales de los años 70 y principios de los 80 del pasado siglo XX. Más de 40 años de soledad. 

Mientras, alrededor, aquellos brinzales ya son árboles hechos y derechos.

La torre de vigilancia que nunca fue


Era el mes de abril de 2010. Buscaba una mina de plata en la finca Ladera de las Suertes. Mirando una foto aérea y google maps se adivinaban en un saliente rocoso cambios cromáticos que, pensaba yo, podían ser viejas escombreras. 

Tras trepar por la ladera llegué a donde esperaba encontrar lo que buscaba. No había ninguna escombrera, ninguna mina abandonada. En su lugar encontré el acopio de numerosos materiales de obra: montones de ladrillos, restos de lo que fueron sacos de arena y cemento (ahora formando montones), viguetas de hormigón, cubos para el agua, para hacer la mezcla, etc.

Años más tarde, pude conocer la intrahistoria de aquel lugar a través de las personas que a principios de la década de los 90 del pasado siglo formaron parte del retén de prevención y extinción de incendios forestales de Moralzarzal.


Allí, en aquel lugar donde no llega ni pista forestal ni camino de herradura, la Comunidad de Madrid proyectó construir una torreta o puesto de vigilancia contra incendios forestales. Un helicóptero se encargó de cargar y subir los materiales de obra hasta dicho lugar. Y allí siguen, 30 años después, formando parte del paisaje.

El carrito de bebé de la Cerca de la Jara

Es posiblemente un olvido, una pérdida. Por el deterioro del carrito, la datación del objeto nos llevaría a los tiempos en los que en la Cerca de La Jara, en los límites entre los términos de Moralzarzal y Collado Villalba, hubo una finca de recreo, un pozo y una piscina. En un tiempo indeterminado entre los años 80 y 90. 

No lejos de allí, pegado a la puerta de uno de los cercados que separan unas fincas de otras, dejaron apoyado el carrito y allí se quedó. Hasta hoy.


El semáforo de El Berrocal

En algún momento hubo un semáforo en la finca de El Berrocal, la enorme finca de propiedad municipal al norte y sur del río Samburiel (o Navacerrada), pasado ya el Retamar y poco antes de llegar a lo que hoy es el polígono de Capellanía. Quizás era el mismo cruce con la carretera de El Gamonal. 

Quizás la rotonda sirviera para jubilar el semáforo. Pero quien quiera que lo moviera de sitio, tenía intención de guardar el objeto. 

Pero se le olvidó para qué lo quería. O se le olvidó donde lo dejó. O vete tú a saber porqué ahora está a unas decenas de metros de la carretera.

El cementerio de macetas

Hechas a mano, cada una distinta de la otra. Estas macetas, unas pequeñas y otras grandes, albergaron plantones de pinos que fueron utilizados en la repoblación de la finca de La Navata, cuando en aquellos lares se proyectó un embalse de regulación en el arroyo de Peregrinos. Un vivero forestal muy próximo se encargó de producir aquellas plantas en macetas de barro. Se llevaban en caballerías hasta la zona de repoblación y allí se abandonaban.

El embalse, proyectado a finales de la década de los años 40 del siglo XX, no se llegó a terminar. Ni tampoco la repoblación. Pero hoy esas vasijas siguen llenando de incógnitas el paisaje.

Como si fuera un yacimiento arqueológico, la tarea repobladora del siglo XX ha dejado como testigo un auténtico cementerio de macetas.

De cuando se embotellaba el agua milagrosa 

Los Hermanos Magallón, veraneantes en Moralzarzal, pusieron en pié a partir de 1906 la explotación del manantial de aguas minero medicinales de La Fé, en el Portillo de La Mina. En un principio era solo una embotelladora. El agua se extraía de un pozo, se embotellada y se llevaba hasta la capital donde se vendía en farmacias. El agua, decían, curaba la tuberculosis.

Durante el proceso algunas botellas se rompían…..y la embotelladora arrojaba en un lugar concreto aquellas botellas rotas.

Esta instalación y  la casa de baños que se construyó después son hoy en día una ruina. El pozo colapsó y se cegó. Pero los restos de botellas de vidrio siguen allí, y allí seguirán por mucho tiempo.

La bomba de El Palancar

Salió rauda de la boca del cañón, voló y describió una parábola perfecta. El ejercicio de balística de los militares que practicaban tiro en el polígono de El Palancar fue un éxito. Pero el proyectil no explotó. Y allí quedó, semienterrado en el suelo. Hasta que los militares empezaron a construir un cortafuegos perimetral en el campo de tiro y, al localizar el proyectil, le quitaron la espoleta.

Todos los años pasa por allí una máquina y remueve el suelo del cortafuegos. Pero allí sigue la bomba, ya desactivada, acordándose del día en que hizo la parábola perfecta pero no  cumplió la misión para la que había sido fabricada.

El martillo del cantero


Si yo tuviera un martillo (If I Had a Hammer) cantaban Peter, Paul and Mary en 1963. Yo encontré uno, un martillo de cantería, y no supe que hacer con él. Solo los canteros saben como golpear el granito y labrar la piedra.

No recuerdo cuando lo encontré. Sé que me lo llevé y sé también que yo también lo dejé olvidado en algún lugar de mi garaje.

El cepo del cazador

¿Había un furtivo en el monte Matarrubia? ¿Era el propio guarda forestal el que lo colocó? ¿cuantos conejos o zorros capturaría en su larga vida?

Este cepo apareció un noviembre de 2021 cuando pretendía sembrar una bellota de roble. Estaba cerrado y algún tipo de fuerza había doblado parte de su estructura. Deduzco que fue el bulldozer al construir la terraza donde luego se plantarían los pinos, por lo que su propietario lo dejó olvidado en algún momento anterior a finales de los años 60.

La baca de la furgoneta

Cerca de la fuente de Peñalbu, apoyada en unas rocas, descansa lo que parece ser la baca de una antigua furgoneta. 

Solo ha podido llegar hasta allí en el mismo vehículo de la que formaba parte, quizás también vinculada a las tareas de repoblación que se llevaron a cabo entre los años 40 y los 70 del pasado siglo XX. 

El basurero (aquí comíamos)

La frase “que buenos atracones nos metíamos en el monte”, sería una posibilidad para explicar la imagen. Pero hay otras.

Cuantas horas pasamos en aquel lugar, cuanto nos aburríamos esperando o vigilando...y qué mal comíamos”, es otra.

Por la cantidad de latas depositadas en ese vertedero improvisado se podría decir que el lugar era visitado con asiduidad. No podemos decir que las escondieran, aunque buscaron un lugar no muy visible. 

Allí siguen, cerrando el ciclo de la materia y devolviendo muy lentamente al suelo el hierro ya oxidado y descompuesto. 

La piedra de molino

Esta piedra redonda esculpida por la maza del cantero descansa olvidada en una pequeña cantera de piedra a pocos metros del viejo camino carretero que lleva desde Moralzarzal y Collado Villalba hasta Hoyo de Manzanares.

Es obra humana, no es producto de la erosión del granito. Sus bordes conservan todavía las marcas del cincel del cantero. Quizás sea el proyecto de una piedra de molino...destinada a moler el grano. Pero allí quedó.

Una piedra en el camino, me dijo que mi destino era rodar y rodar” reza la vieja ranchera tanta veces cantada. Pero esta piedra no llegó a moverse del sitio y se quedó mirando al camino, añorando el destino de los que transitan.

La silla de Felipe (II)

Esta silla abandonada en el monte es solo un ejemplo del rastro que ha dejado la covid19 en la periferia de Moralzarzal: el chabolismo de botellón.

Como estrategia ante las restricciones y el confinamiento, algunos grupos de jóvenes han optado por la reutilización de viejos (y quizás nuevos) muebles para la construcción de habitáculos para reunirse a escondidas en parques, montes y fincas aledañas al casco urbano.

No fui yo quien se topó con esta silla de plástico. Hay más personas impactadas ante esta nueva ola de elementos fuera de sitio. Pero queda claro que la covid19 ha acelerado esta nueva tipología de cosas olvidadas, dando paso a una nueva era, los objetos olvidados durante el siglo XXI.

Continuara...,porque este post no tiene fin.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Moralzarzal en vísperas del zarpazo de la Desamortización

Esta entrada quiere ser una introducción general a una serie de textos sobre la desamortización en Moralzarzal, presentación que pretende entender la estructura de la propiedad en Moralzarzal a principios del siglo XIX, antes que comenzaran los profundos cambios que supondrían el desmantelamiento de las estructuras feudales en la posesión de la tierra y el trabajo.

La desamortización fue la principal arma política con que los liberales modificaron el régimen de la propiedad del Antiguo Régimen para implantar el nuevo Estado liberal durante la primera mitad del siglo XIX. 

Iniciado a finales del siglo XVIII, la desamortización consistió en expropiar y poner en el mercado, mediante una subasta pública, las tierras y bienes en poder de las llamadas «manos muertas», es decir, la Iglesia Católica y las órdenes religiosas que los habían acumulado como habituales beneficiarias de donaciones y testamentos, así como los bienes propiedad de los pueblos.

Este proceso fue muy relevante en Moralzarzal, ya que durante el siglo XIX gran parte de los terrenos que servían de sustento a sus habitantes, los terrenos comunales, así como el patrimonio de la Iglesia, pasaron a unas pocas manos, los nuevos terratenientes, transformando el uso que históricamente se había dado a numerosas fincas del municipio.

Los estudiosos del proceso hablan de varias etapas: una primera etapa (1766-1798) comprende la venta de bienes de los jesuitas y la denominada desamortización de Manuel Godoy; la segunda fase (1808-1823) corresponde a la desamortización impulsada durante la guerra de la Independencia por la administración bonapartista y por los legisladores reunidos en Cádiz (bienes de la Inquisición y reducción a un tercio del número de monasterios y conventos) aunque no nos consta que tuviera incidencia en Moralzarzal; en la tercera etapa (1834-1854), conocida como desamortización de Mendizábal se procede a la expropiación del patrimonio de la Iglesia, y a la desaparición de monasterios y conventos y tuvo unas consecuencias muy importantes para la historia social de España; la cuarta fase (1855-1924), la de Madoz, que es por duración y volumen de ventas la más importante, afectó a los terrenos comunales de los pueblos.

¿Y cómo era la distribución de la tierra en Moralzarzal antes de comenzar los procesos desamortizadores?

Con la información de que disponemos hasta ahora, podemos decir que:

1. Los bienes públicos, entonces conocidos como Comunales y de Propios, comprendían una basta extensión del municipio, 3.556 hectáreas, el 83,7% del término municipal de Moralzarzal.

2. Instituciones de origen religioso, Capellanías y Obras Pías, poseían un importante patrimonio (12 cercas, 12 prados, 16 linares, 4 Herrenes, 1 casa, 1 huerto y 1 pajar) como resultado de la acumulación durante siglos de herencias y trasmisiones de particulares a estas instituciones.

3. Un gran propietario poseía, al menos, las fincas de Los Linarejos y del Gamonal, donde poseía una una gran vacada de ganadería brava. Se trata de D. Julián Fuentes (1760-1835), regidor de Madrid que estuvo al frente del Cuartel o Distrito de Palacio de Madrid.


4. Los bienes de la Iglesia, que en 1791 estaban formados por 2 casas y 6 fincas (que sumaban 46 fanegas, entre 10 y 12 hectáreas). No sabemos si estas propiedades incluyen algunas Capellanías propiedad de la Iglesia, como la Capellanía de Juana Moreno.

Finca Los Linarejos, situada entre la carretera Villalba-Moralzarzal y el Camino de Alpedrete.
Autor: Miguel Ángel Soto
5. Los terrenos mancomunados. Los vecinos de Moralzarzal tenían el usufructo sobre terrenos alejados del núcleo urbano, fruto de los usos históricos del territorio durante la pertenencia al Real de Manzanares. Los usos del monte de El Hormigal eran compartido entre vecinos de Moralzarzal y Collado-Villalba; El Berrocal con Manzanares El Real, Becerril, El Boalo, Cerceda y Mataelpino; los aprovechamientos del monte Matarrubia, con los de Becerrill, Collado-Villalba, Alpedrete y Collado-Mediano; los de la Dehesa del Rediguelo con el Real de Manzanares, Becerril, El Boalo, Mataelpino y Cerceda; etc.

El espacio más productivo, formado por los cultivos (huerta, frutales, cereal, lino, etc.), herrenes (terrenos vallados para el forraje del ganado) y los prados más frescos, situado en el entorno del núcleo urbano y en las zonas más bajas y llanas, se encontraban en manos de propietarios particulares, las Capellanías y la Iglesia. Las Dehesas y el Ejido, de dedicación silvopastoral, seguía siendo de aprovechamiento común de los vecinos y aún conservaban su carácter concejil o vecinal.

Los terrenos abruptos y más alejados del pueblo (Serrejones, Palancares, Fuente de las Cabras, Canto Hastial), eran utilizados por todos los vecinos fundamentalmente para la ganadería extensiva y la obtención de leña y carbón.
Terrenos militares de El Palancar  y Los Serrejones, vistos desde el Portillo de La Mina. Al fondo, el Cerro de San Pedro.
Autor: Miguel Ángel Soto
Pero un siglo después el panorama será radicalmente distinto. La desamortización supondrá sólo un cambio nominal de la tierra y un mal acuerdo para los usos comunales de los moralzarzaleños. La propiedad cambiará de manos pero no se repartirá la tierra entre sus históricos usuarios.

Entradas relacionadas:

Los orígenes del paisaje cebollero (Sobre la formación del paisaje, la propiedad y el espacio cebollero)
Salir del purgatorio (La Desamortización de Godoy en Moralzarzal)
La venta de los bienes del clero (La Desamortización de Mendizábal en Moralzarzal)


Fuentes:
  • FERNÁNDEZ COLLADO, Ángel ( 2005). Las rentas del clero en 1822. Arzobispado de Toledo. Edita Instituto Teológico San Ildelfonso y Diputación Provincial de Toledo. Pags 222-223
  • FERRER JIMÉNEZ, D., SANTA CECILIA, F. (2005). Lectura del paisaje de la comarca Alto Guadarrama Alto Manzanares. Un legado Histórico. Guía para la interpretación. ADESGAM.
  • HERNÁNDEZ,  Mauro.(1995). A la sombra de la Corona. Poder local y oligarquía urbana (Madrid, 1606-1808). Siglo Veintiuno de España Editores, S.A.
  • MANUEL VALDÉS,Carlos Manuel.(1996). Tierras y montes públicos en la sierra de Madrid (sectores central y meridional). Serie Estudios. Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Secretaría General Técnica.
  • MARTÍN, Jesús.(2005). La tauromaquia en Moralzarzal. Ayuntamiento de Moralzarzal.
  • MARTÍN, Jesús. (2007). Historia de Moralzarzal. Ayuntamiento de Moralzarzal.

Los orígenes del paisaje cebollero

(Acerca de la conformación del espacio geográfico, la estructura de la propiedad y los usos comunales en Moralzarzal).


El paisaje de Moralzarzal, aunque ya muy transformado por el desarrollo urbanístico y la influencia del área metropolitana madrileña, guarda todavía en sus viejas formas su pasado ganadero y forestal y su pertenencia al Señorío del Real de Manzanares. Esta identidad es fruto de una forma de gestión del territorio y de los usos tradicionales en este entorno serrano. Paisaje cargado de historia, cultura y naturaleza.

Comencemos esta historia del paisaje cebollero cuando Alfonso VI conquista Toledo en 1085 e incorpora la vertiente sur de la Sierra de Guadarrama al por entonces poderoso Concejo de Villa y Tierra de Segovia, que empieza la repoblación de estas tierras a comienzos del siglo XII.
Concejo de Villa y Tierra entre el Duero y el Tajo en el primer tercio del siglo XIII
Los primeros segovianos llegan a dos aldeas, conocidas como Fuente del Moral y Zarzal, emplazadas en la proximidad de sendas fuentes que nacen al pié de un cerro  (Cabeza Mediana). La mayor de estas aldeas, Fuente del Moral, era un primitivo emplazamiento árabe situado en un resalte rocoso desde donde se dominaba, hacia el sur, un amplio horizonte.

En torno a este emplazamiento, los repobladores segovianos tienen el derecho a hacerse con pequeñas fincas destinadas a cultivos agrícolas para aprovechamiento y disfrute particular. Este es el origen del paisaje minifundista característico de los alrededores del primitivo núcleo urbano de Moralzarzal: cercados de piedra con vegetación natural asociada a la linde de las parcelas y atravesado por multitud de caminos. Hoy en día, lo poco que queda de aquel paisaje son prados que hasta hace menos de un siglo fueron tierras de huerta, de cereales, viñedos e incluso algunos frutales.

Más allá de estas fincas privadas y minufundistas junto al núcleo de Moralzarzal, buena parte del territorio de lo que hoy es el término municipal era un espacio cubierto por vegetación natural de aprovechamiento común o colectivo tanto de los habitantes de El Real de Manzanares, como de los ganaderos de la villa de Madrid y de la ciudad de Segovia. Buena parte de este territorio de la comarca fue durante mucho tiempo “tierra baldía”, término hoy ya en desuso pero que antiguamente quería señalar el espacio cubierto por vegetación natural de aprovechamiento común o colectivo. Este es el origen de los aprovechamientos comunales.

El siguiente momento importante llega en 1636, cuando Moralzarzal pasa de aldea señorial a villa. Este título de villazgo llevaba aparejado, junto con la jurisdicción y justicia, la asignación de ejidos, dehesas y montes para aprovechamiento restringido de los vecinos.
Señorío de El Real de Manzanares
Es muy probable que estos privilegios vinieran a reconocer jurídicamente una situación de hecho. Sólo así es entendible el hecho de que el Real Concejo de La Mesta, con sede en El Real de Manzanares, pleiteara en 1609 contra los vecinos de Moral por las roturaciones que éstos habían hecho en varias fincas, como Robledillo o Los Navazos.

Como consecuencia de ese proceso, Moralzarzal comenzó a tener en las proximidades de su núcleo urbano algunas Dehesas que combinaban el cultivo de cereal y el apacentamiento del ganado de labor de sus vecinos: Dehesa de Arriba, Dehesa Vieja (o de Abajo) y Robledillo, son todavía testigos de este tipo de montes de uso comunal.

Dentro de los privilegios de villazgo, el Concejo y sus vecinos recibían un “Ejido”, un espacio comunal no roturable, dedicado fundamentalmente a pastos y al establecimiento de eras. En nuestro caso todo apunta a que el actual monte de Ladera de Matarrubia era el Ejido de Moralzarzal.
Antonio Zárate en una de las tenadas o aprisco de ganado de la Ladera de Matarrubia.
Autor: Miguel Ángel Soto
El título de villazgo también convirtió los terrenos más alejados y montaraces, los baldíos, en montes propios (o de Propios), es decir, fincas mayormente forestales, para aprovechamiento múltiple de leña, madera y pastos, propiedad de cada concejo o ayuntamiento, cuyo uso correspondía tras el pago de una renta bien a los propios vecinos del lugar o a cualquier otro postor que lo consiguiese. El nombre de uno de nuestros montes, la “Ladera de las Suertes”, de 330 hectáreas, alude al reparto de lotes y el sorteo entre los vecinos de sus aprovechamientos. Este monte fue subastado por el Estado en 1885 durante los procesos de desamortización que veremos en próximos post.

Detengámonos por tanto en esta diferencia. Los montes de Propios son los montes que pertenecen y son gestionados por los concejos, donde éstos pueden arrendar los aprovechamientos y cuyas rentas sirven para financiar los gastos del Concejo y para pagar los tributos. Por contra, los montes comunales son los bienes públicos cuyo aprovechamiento corresponde al “común de los vecinos”, sin cargas ni impuestos. Las Dehesas eran comunales, de todos, del común.

Pero junto a las dehesas boyales, los montes de propios y los terrazgos parcelados y privados del entorno de los pueblos, permanecieron en Moralzarzal (como en toda la comarca de El Real) terrenos de aprovechamiento colectivo en unos casos de varios municipios mancomunados y en otros, de todos los habitantes de la comarca. Usos comunales de los que se hacía mención expresa en los privilegios de villazgo de algunas localidades vecinas como Becerril, Hoyo de Manzanares o Navacerrada.

El monte de El Hormigal, por ejemplo, era de uso conjunto para los vecinos de Moralzarzal y Collado-Villalba. La Dehesa de Berrocal era labrada por los vecinos de Becerril, Moralzarzal, El Boálo, Mataelpino y Cerceda. En Cabeza Mediana, los pastos eran gratuitos para los vecinos de Becerril, Moralzarzal y Collado Mediano. En Navahuerta, El Serrejón y Rodehuelo (sic), el aprovechamiento de cereal es así mismo para los vecinos de Becerril, quedando los pastos – alzado el fruto- comunes para todos los ganados del Real de Manzanares y de la Tierra de Madrid. Los Madroñales y Cumbres de la Maliciosa eran comunes a la Comunidad de Segovia, a la Tierra de Madrid y a El Real de Manzanares.

En 1833, cuando se instaura en España la división provincial actual y se define los límites de los términos municipales, Moralzarzal cuenta con una parte importante de su término municipal como bien público, ya sean montes comunales (Dehesas y Ejido) o montes de Propios (baldíos). A mediados del siglo XVIII, un análisis de los bienes públicos en este sector de la Sierra de Guadarrama (análisis realizado a partir de los datos del catastro del Marqués de la Ensenada) revelaba que Moralzarzal era, dentro de nuestro entorno, la localidad con una mayor superficie de tierras públicas: el 83,7% del total de la superficie municipal eran montes de Propios o Comunales.

Si bien gran parte de estos bienes públicos era considerados “infructíferos por naturaleza” (hoy diríamos inculto/improductivo), para los vecinos de Moralzarzal eran fundamentales para el mantenimiento de su economía: pastos, leñas, carbón vegetal, colmenares, etc. Dada su enorme extensión dentro de nuestro término municipal, estos terrenos de acusado relieve y cubiertos de matorrales (chaparros, enebros, jara, retama, etc.) eran una pieza clave dentro del modo de vida de los cebolleros, ya que además de aportar la energía para calentar la comida soportaba los aprovechamientos de pastos en régimen extensivo, fundamentalmente de cabras y ovejas.
Tenada o aprisco de ganado en el monte "Ladera de las Suertes". Autor: Miguel Ángel Soto
Con frecuencia estos terrenos, que marcaban los límites del término municipal, eran espacios mal definidos, dispersos por el término, cómo áreas abiertas, de las que frecuentemente se ignora su propiedad ya que no estaban registradas. En estos terrenos el concepto de lo “baldío”, aunaba las dos afecciones de inculto y su consideración como tierra de nadie y, por ende, de todos. Este podría ser el caso de fincas públicas que marcaban el límite sur del término municipal en su frontera con el de Hoyo de Manzanares o Collado-Villaba: Canto Hastial (66 Ha), Canto Cachado (61 Ha), La Navata (891 Ha) o los terrenos de El Palancar-Navahuerta. Algunas de estas fincas se salvarán de los procesos de desamortización del siglo XIX precisamente por no haber sido declaradas como bienes públicos.

Así se ocupó y organizó el espacio en el entorno de la Fuente del Moral y Zarzal. Veremos en próximas entregas como esta estructura cambió durante el siglo XIX y porqué.


Entradas relacionadas:

Moralzarzal en vísperas del zarpazo de la desamortización
Salir del purgatorio (La Desamortización de Godoy en Moralzarzal)
La venta de los bienes del clero (La Desamortización de Mendizábal en Moralzarzal)

Fuentes:
  • MANUEL VALDÉS, Carlos Manuel(1996). Tierras y montes públicos en la sierra de Madrid (sectores central y meridional). Serie Estudios. Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Secretaría General Técnica.
  • FERRER JIMÉNEZ, D., SANTA CECILIA, F. (2005). Lectura del paisaje de la comarca Alto Guadarrama Alto Manzanares. Un legado Histórico. Guía para la interpretación. ADESGAM.
  • MARTÍN, Jesús (2007). Historia de Moralzarzal. Ayuntamiento de Moralzarzal.

lunes, 31 de octubre de 2011

El sitio de mi recreo

Con motivo del Año Internacional de los Bosques, que se celebra durante 2011, un amigo que estaba preparando un libro sobre bosques me pidió un texto donde explicara cuál era el bosque que más me gustaba, cuál era mi bosque preferido. Después de pensar y darle varias vueltas al asunto, y pese a conocer espectaculares bosques en muchos sitios de España, me di cuenta que el monte que más me hace disfrutar es el que tengo más cerca de casa, el conocido como "Ladera de Matarrubia".

Al texto que envié a mi amigo en su día le he sumado algunos datos y fotos sobre el monte Matarrubia. Aquí va la explicación.

Los pinares de repoblación que forman la Ladera de Matarrubia tapizan las laderas Este y Norte del cerro de Cabeza Mediana, también denominado Cerro del Telégrafo. Panorámica tomada desde el Polígono de la Encinilla. Foto: Miguel Ángel Soto

Mi bosque ideal tiene nombre, se llama Ladera de Matarrubia, y es uno de los 3 montes propiedad de Moralzarzal, junto con la Dehesa de Abajo (o Vieja) y la Dehesa Nueva. Tiene varias medallas: es desde hace más de un siglo un “monte de utilidad pública” y fue considerada  “zona de transición” en el borrador del Plan de Ordenación del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Pero no son sus medallas lo que hacen de mi bosque un sitio especial. Lo prefiero frente a otros porque es el que está a lado de mi casa. Es, como decía Antonio Vega, “el sitio de mi recreo”.
Cartel a la entrada del monte "Ladera de Matarrubia". Foto: Miguel Ángel Soto

Para aclararnos. Cabeza Mediana es el nombre original del monte, que por estar coronado por una torre telegráfica también se denomina Cerro del Telégrafo. Cabeza Mediana tiene superficie perteneciente a cinco  términos municipales: Moralzarzal, Collado Villalba, Alpedrete, Collado Mediano y Becerril.  Cuatro de estos cinco trozos de terreno municipal están declarados montes de utilidad pública. El monte Matarrubia, perteneciente a Moralzarzal, es el más grande y con mayor superficie arbolada de los cinco montes que tapizan Cabeza Mediana.  La pequeña cuña perteneciente a Collado-Villalba, por su escasa entidad y por no estar declarado de utilidad pública no lo tendremos en consideración.

GRUPO DE MONTES QUE CUBREN  EL CERRO DE CABEZA MEDIANA

Nombre
Nº del catálogo de MUP
 Término
Municipal
Fecha  incorporación al catálogo
Superficie

Cabeza Mediana
3
Becerril
1901
64
Ladera de Matarrubia
21
Moralzarzal
1901
489,97
Cañal, Ladera y Entretérminos
26
Alpedrete
1901
287,57
Monterredondo
35
Becerril
1901
150

Fuente: Montes de Utilidad Pública de la Comunidad de MadridSerie Técnica del Medio Natural nº 1. Consejería de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio de la Comunidad de Madrid, 2007.


El monte Ladera  de Matarrubia se encuentra formando parte del Cerro del Telégrafo o Cabeza Mediana, 
en el límite Oeste del término municipal de Moralzarzal.

Aunque el monte ha sido propiedad de los vecinos desde antiguo, la mayoría de sus árboles no tienen más de 50 años. Son fruto de las repoblaciones forestales realizadas a partir de mediados del siglo XX. El bosque original, un encinar con enebros, se recupera lentamente tras siglos de persecución. Pero todavía hoy es posible intuir en mi monte las heridas del pasado, que es también la historia común del paisaje forestal español. Mi bosque ha sufrido el paso del fuego en demasiadas ocasiones. A veces por las guerras - fue territorio fronterizo durante la Reconquista- y muchas veces por la costumbre de los ganaderos de usar el fuego para la “regeneración de pastos”. Por mi monte pasaron rebaños de ovejas trashumantes durante siglos y de mi monte salió la leña que los pueblos debían entregar a la Villa de Madrid por mandato Real. Además de la leña, el carbón vegetal y la madera necesaria para la vida del pueblo, incluida la construcción de las casas del pueblo, de mi monte salió la madera para entibar y arrancar el mineral de las viejas minas de plata que se explotaron durante los siglos XVI y XVII. El agua de sus manantiales fue canalizada para dar agua potable al pueblo. Debido a estas “responsabilidades”, mi bosque no era tal a mediados del siglo XX, sino un erial, un terreno yermo, sin árboles. Y aunque ya a finales del siglo XIX hubo intentos de repoblar el monte, el fuego siguió siendo el enemigo número uno.

Antonio Zárate entre los restos de algunas de las construcciones (apriscos de ganado, colmenares, viviendas) que se pueden localizar en el interior del monte Ladera de Matarrubia. Foto: Miguel Ángel Soto

Me gusta mi monte porque tiene sitio para todos. Corzos, jabalíes, conejos, búhos reales y varias especies de águilas conviven con animales y plantas más pequeños pero no menos importantes. Los seres humanos y sus animales domésticos también tenemos sitio. Los pastos están arrendados a los ganaderos, y las vacas rumian en el paisaje todo el año. Los cazadores, que se encargan de repoblar el monte de conejos, patrullan el monte entre octubre y enero. Varios apicultores tienen sus colmenas en los bordes del monte y sus abejas son las responsables de la polinización de muchas plantas. Los amantes de las setas nos adentramos cada año en la espesura a buscar, y a veces encontrar, champiñones, níscalos, parasoles.... Paseantes y deportistas, a caballo, bicicleta o a pié, disfrutan de sus caminos o preparan su próxima maratón. Grupos de niños construyen cabañas, o aprenden a amar la naturaleza buscando ranas y culebras. Ejecutivos agobiados por el trabajo se pierden en el monte necesitados de sentir el crepitar de la pinocha bajo sus pies o el olor de los romeros, las jaras y los enebros. Cuando hay trabajos forestales, la leña está a disposición, gratis, de los vecinos. Durante muchas décadas, el granito del monte fue utilizado por la industria de la cantería tan renombrada en esta parte de la Sierra. Mi bosque es muy generoso, siempre lo ha sido.

Vacadas en el Monte Matarrubia. Foto: Miguel Ángel Soto

Ir al monte con mis hijos y mis vecinos es uno de los principales placeres que tengo. En los últimos años hemos plantado algunos fresnos junto a un arroyo y en verano vamos a regarlos. Nos gusta ayudar al bosque a reponerse de sus heridas. A veces también voy solo. Y en estos momentos intento parar de pensar, dejándome invadir por los colores, las formas, los aromas, la brisa y el perfil ondulado de la Sierra de Guadarrama. Me dejo abrazar, me tumbo y siento las caricias de las hojas y la hierba,... pongo mi cabeza sobre la tierra y escucho.

Vista panorámica de Cabeza Mediana desde el Cerro de Las Minas. Foto: Miguel Ángel Soto

Mi bosque preferido, la Ladera de Matarrubia, es un bosque animado. Es un espacio vivo, cambiante y humanizado. El pasado año la Comunidad de Madrid elaboró un Plan de Gestión para eliminar la excesiva densidad de árboles, ya que la repoblación ya se ha establecido y es necesario reducir el número de árboles y favorecer a los mejores que necesitarán más espacio. Y así se reduce el riesgo de plagas e incendios. Otro cambio de cara, nuevamente para mejor. Y la máquina de la evolución, ayudada por el hombre, reponiendo mi bosque de las profundas heridas de su dilatada historia.

Mi monte preferido sólo teme a su peor enemigo, el fuego. Si llega, Dios no lo quiera, tendríamos que volver a empezar de cero. Pero creo firmemente que mi bosque volvería a renacer de sus cenizas para seguir ofreciendo a los vecinos todo lo que tiene. Lo sé por que lo he visto, y porque lo he sentido un día que puse mi oído sobre la tierra.

Estas son mis razones, pero estoy seguro que los que pasean y disfrutan la Dehesa Vieja, la Dehesa Nueva o cualquier otro entorno natural de nuestro pueblo también tienen sus buenas razones para amar su particular “sitio de mi recreo”. Y para defenderlo. 

Por cierto ¿alguien sabe que significa Matarrubia?

domingo, 15 de mayo de 2011

La peste, la devoción a San Sebastián y la fiesta de la Luminaria

La devoción a San Sebastián cuenta con una gran tradición en estas tierras. Es el patrón de nuestros vecinos de El Boalo, donde desde otro blog hermano (El Boalo. Sientaté que te lo cuento) también han explicado el origen de la Luminaria o Iluminaria. El Escorial, San Lorenzo de El Escorial o Collado-Villalba también las celebran. Y la tradición en Moralzarzal la cuenta también Antonio Zárate en su web .

En Moralzarzal hubo una ermita dedicada a San Sebastián, hoy desaparecida.
La Ermita de San Sebastián de Moralzarzal en la zona de Los Navazos, en una foto de1926.
Foto: Cortesía de Antonio "Zárate".

El historiador Jesús Martín cuenta en su libro Historia de Moralzarzal que ya en el primer tercio del siglo XVII estaba en mal estado de conservación. En una reunión del Concejo del 8/12/1631 se tomó la decisión de solicitar ayuda al Duque del Infantado, a quién pertenecía el pueblo, para arreglarla. Y esta misma ermita debió de desaparecer hacia mediados del siglo XX, ya que dicha ermita aparece en algunas fotos antiguas de la primera mitad del pasado siglo, fotos que nuestro buen amigo Antonio "Zárate" tiene colgadas en su web.

Lo interesante de dicha ermita es que está relacionada con las epidemias de peste que asolaban Europa en los siglos XIV-XVII y está relacionada también con la fiesta de La Luminaria que se celebra en muchos pueblos de España, también en Moralzarzal, en la noche del 19 de enero, coincidiendo con la fiesta de San Sebastián.

La peste, la “muerte negra”, era una enfermedad provocada por una bacteria (Yersinia pestis). El vector o propagador de esta bacteria es la pulga de la rata, animal que se expandía en el pasado, y con él la enfermedad, por la falta de salubridad y saneamiento en las ciudades europeas. La peste fue un fenómeno común en Europa entre los siglos XIV y XVII.

El triunfo de la muerte, cuadro pintado hacia 1562 por Pieter Brueghel el Viejo,
 refleja el clima de terror en Europa tras la Peste Negra

Entre 1569 y 1602, una serie de malas cosechas coincidieron en la Península con la llamada peste atlántica, que entró en Castilla desde Francia e Inglaterra a través de los puertos cántabros. En seguida se propagó rápidamente y provocó más de medio millón de muertos, sobre todo el norte y oeste de la península, afectando al 10% de la población. Cataluña, la mayor parte de Valencia y Murcia quedaron libres de los efectos de la epidemia. No ocurrió lo mismo entre 1629 y 1631, cuando se sufrió un contagio en Cataluña extendido desde Provenza y Languedoc. En la epidemia de 1626, una localidad próxima como Cobos de Segovia (Segovia) vio morir a 35 vecinos, 18 de ellos niños.

Sin embargo, la epidemia más grave y difundida se produjo en los años centrales del siglo XVII y ocasionó una de las mayores catástrofes demográficas de la España moderna. Teniendo como foco originario Argel, en el norte de África, la peste llegó a las costas levantinas de la península Ibérica en 1647. Se expandió rápidamente en una doble dirección, desde Valencia afectó a las regiones de Murcia, Andalucía, Aragón y Cataluña. Desde Barcelona la peste se extendió hacia el norte y a Mallorca, y desde allí a Italia. Cataluña perdió en su conjunto entre un 15 y un 20 % de su población, y Andalucía fue posiblemente la segunda región más afectada.

Esta epidemia de peste fue un mazazo para la población del Reino de Castilla, que había alcanzado cifras record a finales del siglo XVI y que no levantará cabeza hasta el siglo XVIII. En la localidad de Los Molinos, cercana a Moralzarzal, la población pasó de 87 vecinos en 1591 a los 20 de 1713. Cuenta el blog de El Boalo antes citado, que con motivo de la epidemia de peste bubónica que tuvo lugar en el año 1599, consta que en Lozoya el “contagio de secas” acabó con la vida de doscientas personas.

Por este motivo, y copiamos aquí el texto del mismo blog, "a finales del siglo XVI los habitantes de El Boalo buscaron la protección del Santo. Y como reconocimiento y desagravio, para que no se volviese repetir otro azote de peste, hicieron voto de gratitud a San Sebastián levantando la iglesia parroquial del pueblo, a él dedicada. Los libros de fábrica recogen la fecha de 1620, por lo que la construcción fue inmediata a los tiempos de mortandad y tribulaciones pasados por los boaleños, que vinieron a entronizar expresamente así el patronazgo de San Sebastián".

La naturaleza caprichosa de estas epidemias hizo pensar a las atemorizadas gentes que los ataques "al azar" de la peste eran como los ataques de las flechas,  y en su desesperación la sociedad buscó la intersección de un santo que hubiese sido martirizado con flechas. Por eso San Sebastián fue por excelencia el santo más invocado para que protegiera a los pueblos de este tipo de epidemias, especialmente de la peste.  

Foto: Martirio de San Sebastián, obra del pintor gótico burgalés Alonso Sedano, siglo XV.

Siglos antes, en Roma, cuando la ciudad estuvo atacada por una epidemia de peste, los ciudadanos hicieron un altar con imagen de San Sebastián en la basílica de San Pedro. La gente fue a invocarle y, según dice la tradición, la peste cesó de inmediato. Este hecho se divulgó rápidamente por todo el mundo y desde entonces fue invocado en todas partes. En España son innumerables las ermitas y capillas dedicadas en su honor y muchos templos parroquiales tienen una imagen o un altar de San Sebastián.

Recurrir a la oración fue el remedio más común. Indulgencias, limosnas, misas, procesiones, rogativas o plegarias de diverso tipo se consideraban esenciales. El Papa llegó a establecer un oficio especial para obtener la misericordia divina en el freno de la peste. Las ciudades solicitaban indulgencias al Papa: en todos los lugares se decían misas a San Sebastián y se hacían procesiones.

Pero al mismo tiempo que se rezaba a San Sebastián se buscaban remedios, tratamientos y medidas que pudieran contener la expansión de la enfermedad. Los propios médicos recomendaban la huida aunque esta conllevara riesgos, de ahí que se intentara ocultar la enfermedad.

Como se pensaba que la enfermedad se inhalaba y estaba asociada al aire insano procedente de la pobredumbre, los médicos aconsejaban un cóctel de  remedios caseros como comer carne de ave o de cordero, huevos, pan y vinos añejos (esto es, mejorar el estado nutricional y las defensas del organismo), pero también cosas como abstenerse de relaciones sexuales, aplicar empastes de hojas de ciertos árboles o encender hogueras con plantas aromáticas, etc.

El aire insano se purificaba con grandes humaredas y hogueras de romero, cantueso, tomillo y enebro, hogueras que debían de durar toda la noche, hasta que por la mañana se regaran las calles y las casas con vinagre, calles que además debían estar enramadas con juncia, cantueso y tomillo. Si en un una casa había fallecido un enfermo, ésta debería cerrarse y quemarse toda su ropa y enseres. El fuego era el elemento purificador.

Y estas hogueras dieron lugar a la tradición de "Las Luminarias" que se encienden en muchos lugares de España en la fiesta de San Sebastián el 20 de enero.

Con información procedente del Archivo Municipal de Moralzarzal, el historiador Jesús Martín Ramos recoge en su libro Historia de Moralzarzal la existencia durante el siglo XVIII de una Cofradía de San Sebastián, formada por “Los Caballeros de San Sebastián” que son, según Jesús Martín, los mozos y recién casados del pueblo. Así, en 1701, el tabernero de Moralzarzal debía de dar una arroba de vino a dichos “caballeros”, y media arroba más de vino si la Cofradía celebraba las Fiestas de la Cruz de Mayo. Los Caballeros de San Sebastián cogían los romeros, tomillos y enebros del monte, y en especial de los montes de propios, como la Ladera de Matarrubia.

Aunque la fiesta y la tradición proceden probablemente del siglo XV (recordemos que la Ermita de San Sebastián estaba en mal estado en 1631), es en 1764 cuando la villa de Moralzarzal hizo voto al Glorioso San Sebastián, como abogado de la peste, según recoge Jesús Martín en su Historia de Moralzarzal.

Y la feliz desaparición de esta enfermedad permitió una modificación de la fiesta hasta adaptarla a nuevas costumbres y significados. Como en otros muchos pueblos de España, en Moralzarzal los mozos llamados a filas, los quintos, acabaron haciendo suya la fiesta.

Cuenta la revista editada por el Ayuntamiento de Moralzarzal que en La Luminaria cebollera eran los mozos casados en el año anterior los encargados de recoger la leña para encender el fuego. Como añadido, se colocaban cencerros alrededor de la cintura y corrían por las calles imitando los encierros taurinos; se cantaba, se bebía y se saltaba por encima de la fogata. Recogiendo la tradición oral de los cebolleros, el historiador Jesús Martín recoge en su libro que la noche era conocida también como “la noche de los viudos”, debido a que éstos aprovechaban el calor de la hoguera para relacionarse y conseguir una nueva pareja. 

Acabado también felizmente el servicio militar y la tradiciones ligadas a los quintos, el testigo lo han cogido ahora algunas mujeres de Moralzarzal, que voluntariamente se encargan de preparar el chocolate y los churros y bizcochos que se reparten entre los asistentes a La Luminaria.

En la noches frías de enero, al calor del fuego y el chocolate con churros, entre risas y anécdotas, la peste ya no nos asusta, ya no nos acordamos de San Sebastián y de las flechas caprichosas del destino.


Fuentes utilizadas para la elaboración de este post: